lunes, 12 de enero de 2026

FUI POR EL VIENTO, VINE POR AIRE, de ROSALÍA DE CASTRO

 


Fue un domingo,

fue por la tarde,

con sol que baja

tras los pinares,

con nubes blancas

sombra de ángeles,

con mariposas

que alas ya baten

con un batido

manso y suave,

atravesando

vagos celajes,

mundos extraños

que en rayos parten

ricos tesoros

de oro y diamante.

Pasé los montes,

montes y valles;

pasé llanuras

y soledades;

pasé los cauces,

pasé los mares

los pies enjutos

y sin cansarme.

 

Me halló la noche,

noche brillante

con la lunita

llena de jaspes,

y fui con ella

camino avante,

con estrellitas

para guiarme,

que aquel camino

solo ellas saben.

 

Después la aurora

con su semblante

hecho de rosas

vino a alumbrarme,

y vi entonces,

entre el ramaje

de olmos y pinos,

acobijarse

blanca casita

con palomares

y palomitas

que entran y salen

Allí se escuchan

dulces cantares

allí festejan

mozos galantes

con las mocitas

de otros lugares.

Todo es contento,

todo es holgarse

mientras la piedra

bate que bate,

muele que muele,

dale que dale,

con lindo gusto

hace compases.

 

No hay otro sitio

que más me agrade

que aquel molino

de castañares,

donde hay chiquillas,

donde hay chavales

que ricamente

luchar ya saben;

donde se muelen

hasta cansarse

mozos y viejos,

niños y grandes,

y aunque no quieren

que allí me baje,

sin que lo sepa

en casa nadie,

fui al molino

de mi compadre;

fui por el viento,

vine por aire.


(De Cantares Gallegos, 1863)




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