Fue un domingo,
fue por la tarde,
con sol que baja
tras los pinares,
con nubes blancas
sombra de ángeles,
con mariposas
que alas ya baten
con un batido
manso y suave,
atravesando
vagos celajes,
mundos extraños
que en rayos parten
ricos tesoros
de oro y diamante.
Pasé los montes,
montes y valles;
pasé llanuras
y soledades;
pasé los cauces,
pasé los mares
los pies enjutos
y sin cansarme.
Me halló la noche,
noche brillante
con la lunita
llena de jaspes,
y fui con ella
camino avante,
con estrellitas
para guiarme,
que aquel camino
solo ellas saben.
Después la aurora
con su semblante
hecho de rosas
vino a alumbrarme,
y vi entonces,
entre el ramaje
de olmos y pinos,
acobijarse
blanca casita
con palomares
y palomitas
que entran y salen
Allí se escuchan
dulces cantares
allí festejan
mozos galantes
con las mocitas
de otros lugares.
Todo es contento,
todo es holgarse
mientras la piedra
bate que bate,
muele que muele,
dale que dale,
con lindo gusto
hace compases.
No hay otro sitio
que más me agrade
que aquel molino
de castañares,
donde hay chiquillas,
donde hay chavales
que ricamente
luchar ya saben;
donde se muelen
hasta cansarse
mozos y viejos,
niños y grandes,
y aunque no quieren
que allí me baje,
sin que lo sepa
en casa nadie,
fui
al molino
de
mi compadre;
fui
por el viento,
vine por aire.
(De Cantares Gallegos, 1863)










