Mi
modesta «chaise» me hace recordar—«excusez du peu…»— a Estoril en julio: azul
del mar, pájaros exquisitos todo alas, geranios rojos con grandes umbelas
floridas. Paso en él lo mejor de mi tiempo. Enciendo un cigarrillo... y el humo,
de un ceniciento-azulado, se alza casi en línea recta hasta el techo, todo
salpicado de un extraño follaje rojizo y de exóticas rosas en dos tonos de anaranjado; flores de papel inventadas por niños para divertir a las muñecas. Y
mi «rêverie» se alza con el humo, se adelgaza, se expande, se espiritualiza. Mi
mirada acaricia, al pasar, el bulto de mi hermano: mi amigo muerto; se demora,
encantada, en las flores de mis jarrones, ahora: golondrinas todas blancas,
lirios rojos hechos de finos crepes «georgette», camelias vestidas de duras
sedas pálidas. La lluvia, afuera, tararea acallada su clara y dulce cantiga
de Invierno, su eterna melodía simple que arrulla y apacigua. Me siento sola.
¡Cuántas cosas hermosas y tristes diría ahora a Alguien que no existe!
(De Diário do Último Ano, 1981)










