Basta decir una palabra:
“pino” o “adelfa”,
y el mundo suena más claro
que en las claridades de la enramada.
¡Qué claridad limpia
tiene el mundo dentro de la boca!
¡Qué temblor antiguo
oír “azufaifo”, y sentir
la luminosa distancia
entre el color de una rama
y su nombre que en mí suena!
La palabra es el mundo
que surge ungido de la honda
aurora constante de Dios
en nosotros, amantes pálidos.
Y somos cañas humanas
que tañe Dios, sonándolas,
cuando hablamos. Frágiles cañas,
mas llenas de música.
(De Cant espiritual, 1953)

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