HISTORIA
DE LA DESTRUCCIÓN
Los padres de nuestros abuelos iban
al bosque, justo al lugar preciso, encendían
un fuego y decían la palabra. Todo
funcionaba. Nuestros abuelos no
supieron hacer el fuego, y pronunciaron:
solo sabemos las palabras que hemos de decir.
Nuestros padres enunciaron:
ni el fuego ni la palabra, no sabemos,
pero sí el lugar del bosque donde hemos de ir.
Ya es suficiente, pensaban. Y, en efecto,
fue así. Nosotros: ni el fuego, ni la
palabra, ni el sitio en medio del bosque.
Todo lo desconocemos. Pero de todo
podemos explicar aún la historia.
Lo hacemos.
SIEMPRE,
SIEMPRE…
Siempre, siempre, siempre el mismo plato
en la mesa, la misma pared ventana
allí, la misma hoja caduca,
el mismo desierto por transitar
—y tanta sed. Siempre el mismo cielo
encima del cielo —la última lámina del cielo,
y encima, el mismo cielo—,
y la jabalina, la misma que vuelve
contradiciendo los vientos y la inercia de las manos.
La misma sangre caliente del ataúd,
aquel, que coge polvo en un sexto piso
del cementerio, y la escalera, la misma,
que nos acerca allí, sin números ni letras
ni colores, en el sexto piso. La misma espada
encima de mí al levantarme,
la misma pedrea de balines en el cerebro,
el mismo correr del conejo salvaje
y la misma trampa, la misma, que se ha colocado antes
de atravesar aquel bosque.
La misma sensación del mundo
enganchándoseme a la piel, y de ser el mármol
de donde he de salir, de donde he de salir,
siempre, siempre, siempre,
a golpes de martillo.
(De La part del foc, 2021)
