LA MADRE
Y el corazón cuando de un último latido
haya hecho caer el muro de sombra,
para conducirme, Madre, hasta el Señor,
como entonces, me darás la mano.
De rodillas, decidida,
serás una estatua ante lo Eterno,
como ya te veía
cuando con vida aún estabas.
Alzarás los viejos brazos temblando,
como cuando expiraste
diciendo: Dios mío, heme aquí.
Y solo cuando me haya perdonado,
querrás mirarme.
Recordarás haberme esperado tanto,
y tendrás en los ojos un fugaz suspiro.
TARDE
Al pie de los pasos de la tarde
va un agua clara
color de oliva.
Y llega al breve fuego distraído.
En el humo escucho ahora grillos y ranas.
Donde las hierbas tiernas tiemblan.
UNA PALOMA
De otros diluvios escucho a una paloma.

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