jueves, 22 de octubre de 2026

14 DE ENERO DE 1930, de FLORBELA ESPANCA

 


Mi modesta «chaise» me hace recordar—«excusez du peu…»— a Estoril en julio: azul del mar, pájaros exquisitos todo alas, geranios rojos con grandes umbelas floridas. Paso en él lo mejor de mi tiempo. Enciendo un cigarrillo... y el humo, de un ceniciento-azulado, se alza casi en línea recta hasta el techo, todo salpicado de un extraño follaje rojizo y de exóticas rosas en dos tonos de anaranjado; flores de papel inventadas por niños para divertir a las muñecas. Y mi «rêverie» se alza con el humo, se adelgaza, se expande, se espiritualiza. Mi mirada acaricia, al pasar, el bulto de mi hermano: mi amigo muerto; se demora, encantada, en las flores de mis jarrones, ahora: golondrinas todas blancas, lirios rojos hechos de finos crepes «georgette», camelias vestidas de duras sedas pálidas. La lluvia, afuera, tararea acallada su clara y dulce cantiga de Invierno, su eterna melodía simple que arrulla y apacigua. Me siento sola. ¡Cuántas cosas hermosas y tristes diría ahora a Alguien que no existe!

 (De Diário do Último Ano, 1981)

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